Los dioses en vuelo

Nota De; BRIAN W. ALDISS, Nota Enviado por: admin » El 28 del 09 de 2008
Detrás del hotel se alzaban los acantilados cortados a pico. Los peldaños cortados en la roca mucho tiempo atrás hacían
[align=center:902eddfaff][font=Comic Sans MS:902eddfaff] [size=18:902eddfaff][color=red:902eddfaff] BRIAN W. ALDISS [/font:902eddfaff] [/size:902eddfaff] [/color:902eddfaff][/align:902eddfaff] [align=center:902eddfaff][font=Courier New:902eddfaff][color=brown:902eddfaff][size=18:902eddfaff]Los dioses en vuelo[/size:902eddfaff][/color:902eddfaff] [/font:902eddfaff][/align:902eddfaff] [font=Webdings:902eddfaff] [size=14:902eddfaff] [color=darkmagenta:902eddfaff] Detrás del hotel se alzaban los acantilados cortados a pico. Los peldaños cortados en la roca mucho tiempo atrás hacían fácil su ascensión. Kilat los subía lentamente, con las manos apoyadas en las rodillas, y su hermano menor, Dempo, le seguía sin dejar de parlotear. En la parte alta de la ascensión, los muchachos se encontraron ante unos peñascos enormes caprichosamente tallados con las formas de seres humanos, búfalos de agua y elefantes, todos ellos agazapados entre el follaje que coronaba la isla. Kilat aplaudió complacido. Un cálao clavó en Kilat sus ojos como guijarros, se alejó batiendo las alas y planeó hacia el mar. Kilat lo siguió hasta que desapareció de la vista, complacido. Según la leyenda popular, aquel ave era, supuestamente, un mensajero del Mundo Superior, y estaba relacionada con los principios de la humanidad. —Ese cálao puede ser una señal de que el mundo no se ha destruido —dijo Kilat a su hermano. Dempo intentaba escalar un rostro negroide colocando sus morenos pies desnudos en los labios negroides. Todavía tenía grasa de niño pequeño, mientras que Kilat tenía ya ocho años y era tan delgado que se le podían contar las costillas. Kilat se incorporó al borde del precipicio y volvió la vista en dirección nordeste sobre las aguas relucientes. El mar parecía calmado desde su punto de observación, uno de los más elevados de la isla; unas líneas plateadas reflejaban en su superficie el sol de la mañana. Más allá, una bruma plomiza lo envolvía todo. Protegiéndose los ojos de la luz, Kilat escrutó la bruma tratando de ver el Kerintji. Habitualmente, el pico resultaba visible, envuelto por las nubes, incluso cuando la larga costa de Sumatra quedaba oculta. Hoy, en cambio, no podía verse nada. Kilat amaba el Kerintji y lo consideraba un dios. A veces acudía a dormir allí, bajo las estrellas, sólo para estar cerca del Kerintji. Aunque permaneció allí un largo rato, Kilat no logró ver nada en la bruma. Finalmente, dio media vuelta y se apartó. —Ahora volveremos al pueblo —le indicó a Dempo—. Kerintji está enfadado con el comportamiento de los hombres. Sin embargo, se quedó allí un poco más. Siempre había tenido la ambición de subir a un barco o, mejor aún, a un avión, a uno de aquellos grandes aviones blancos que aterrizaban en el nuevo aeropuerto, y dirigirse al norte para ver el mundo. No sólo el mundo cercano, sino ese enorme mundo lleno de actividad donde los blancos viajaban de un lugar a otro en sus pájaros blancos como si fueran dioses. Ya había empezado a ahorrar rupias para ello. Los dos niños regresaron por donde habían venido, peldaños abajo. Su madre estaba sentada en la escalinata de entrada al hotel, fumando y charlando con sus criadas. No había ningún turista, ningún blanco, aunque era la temporada de que llegaran, de modo que no había razón para trabajar. Cuando Kilat no estaba encargado de hacer algún trabajillo para el hotel, vendía alfombras y relojes en el muelle. Hoy no merecía la pena el esfuerzo, pero guardó algunos relojes en el bolsillo por si acaso. —Os podéis quedar aquí, conmigo —dijo su madre a los pequeños, pero estos movieron sus morenas cabecitas en señal de negativa. Ahora ya eran mayores, era más interesante el pueblo. Kilat tomó de la mano a su hermanito para demostrar a su madre lo responsable que era. El camino hasta el pueblo zigzagueaba en torno de la montaña. Como iban a pie, los chiquillos tomaron un atajo. Descendieron los peldaños de roca que, según la leyenda, los dioses habían construido para permitir al primer hombre y a la primera mujer salir del mar. Todas las piedras estaban talladas; aquellas piedras, ¿no tendrían también un alma que esperaba encontrar expresión a través de la planta del pie del hombre? El sol calentaba ya, pero los pequeños caminaron bajo la esporádica sombra de los árboles. En cierto momento, encontraron una buena vista de la pista de aterrizaje, extendida como una argamasa pegajosa en una de las escasas zonas llanas de la región de Sipora. Allí todo estaba quieto. El calor formaba ondas sobre la pista, cuyas líneas blancas serpenteaban y se agitaban como los gusanos que vomitaban los perros. —¿Por qué no vuelan hoy los aviones? —pregunto Dempo. —Tal vez los dioses ya no vendrán más a Sipora. —Quieres decir los diablos. Es mejor que no vengan, Kilat. Así no tendréis que trabajar tú y madre, ¿no te parece estupendo? —Es mejor que sigan viniendo. —Pero están estropeando nuestra isla. Todo el mundo lo dice. —Aun así, es mejor que vengan, Dempo. No te puedo explicar por qué, pero es mejor. Kilat sabía que tenía algo que ver con el enorme mundo lleno de actividad que se iniciaba más allá del horizonte. La maestra lo había explicado en la escuela. Mientras salvaban el siguiente tramo de escalera, el aeropuerto quedó oculto tras unas peñas. Las mariposas volaban entre el Mundo Superior y la Tierra. La escalera se retorcía y quedó ante su vista el pueblo, con sus dos grandes hoteles nuevos que le hacían la competencia al de su madre. El Tinggi sólo tenía seis habitaciones de madera y carecía de aire acondicionado. Los nuevos hoteles eran de hormigón; uno tenía doce habitaciones y el otro, dieciséis pequeños bungalows en su recinto. Entre los árboles, detrás de los bungalows, se conservaba una parte del viejo pueblo; sus grandes cabañas comunales de techo en forma de silla de montar se alzaban casi en la orilla, entre las palmeras. Sus techos ya no eran de paja sino de planchas de acero ondulado que brillaban al sol. —El pueblo viejo es excitantemente hermoso —le dijo Kilat a su hermano. Kilat guardaba bajo su colchón algunos objetos que conservaba cuando los turistas de su madre se deshacían de ellos. Uno de tales objetos era un folleto en el que uno de los turistas había descrito el pueblo —el chiquillo le había pedido a la maestra qué significaban las palabras escritas allí en inglés— como «excitantemente hermoso» La frase había cambiado por completo la visión que Kilat tenía de las cabañas comunales. No era que ahora las considerara hermosas, pues seguía prefiriendo los dieciséis pequeños bungalows de hormigón, pero aquellas palabras le habían distanciado misteriosamente de lo que antes le parecía conocido y familiar. En la fotografía del folleto, las cabañas levantadas sobre sus sólidos pilares tenían, efectivamente, un aspecto excitante, hermoso, como si ya no formaran parte de Sipora. Los escalones terminaban donde la cuesta se hacía menos inclinada. Inmediatamente, empezaban los campos de cultivo. En ellos trabajaban los búfalos de agua junto a los hombres, las mujeres y algunos niños. Un chino vendedor de té caminaba sobre el dique de irrigación con sus trastos colgados a los extremos de un balancín. Todo parecía como de costumbre, salvo que los tenderetes para turistas que salpicaban el camino de tierra hasta el pueblo estaban cerrados y atrancados. —Allí es donde los dioses blancos compran película para sus cámaras —dijo Kilat indicando un tenderete donde destacaba un anuncio de Kodak. Habló con palabras firmes y precisas, en un tono de fingido desagrado pero, curiosamente, sentía en realidad cierto desagrado por aquella gente rica que venía a pasar un par de días allí y luego desaparecía para siempre. ¿Dónde iban después? Siempre hacían mucho ruido y se enfadaban con mucha facilidad. Siempre tenían prisa, aunque se suponía que estaban «de vacaciones» Kilat no llegaba a entender qué significaba «estar de vacaciones» Los ancianos decían que los turistas del norte venían a robar la felicidad de Sipora. —Ahora no necesitarán película —dijo Dempo—. Tal vez ya hayan tomado suficientes fotos. —Quizá sus propios dioses les han hecho dejar de volar en sus aviones. Los dos habían visto a los turistas tomando fotografías; mientras les observaban, saltando arriba y abajo y riéndose, los pequeños habían visto a aquella gente torpe y pesada apuntar sus cámaras siempre a las mismas cosas, a las más aburridas. Siempre el búfalo de agua, siempre las cabañas comunales, siempre el café destartalado. Nunca los dieciséis pequeños bungalows de hormigón junto al aeropuerto. En la plaza del mercado, se reunieron con otros niños. Dempo jugó con un amigo suyo en una zanja mientras Kilat hablaba y hacía bromas con el otro. El barco semanal de Padang debería haber llegado esa mañana a las nueve, pero no había aparecido; Kilat lo había buscado desde la montaña pero había advertido su ausencia. El mundo se había vuelto loco. O tal vez estaba muerto. Igual que los dioses habían creado Sipora primero, tal vez lo habían dejado también para el final. Todos se echaron a reír al escucharle. Más tarde apareció George, sin más ropa que un par de téjanos remangados y un sombrero raído, como de costumbre. Era alemán, o americano, o algo así, y vivía en un penginapan barato llamado Alojamientos Rojandi. George era conocido en el pueblo por «el Hippie», pero Kilat siempre le llamaba George. George estaba casi tan delgado como Kilat. —Voy para el aeropuerto, Kilowatt. Es mi paseo matinal para estar en forma. ¿Te apetece acompañarme? «Kilowatt» era una broma de George... y no era mala, ya que el nombre de Kilat significaba «rayo» A Kilat siempre le gustaba la broma y echó a andar al lado de George, con las manos en los bolsillos, dejando que Dempo se espabilase por su cuenta. Caminó a grandes zancadas, pero George nunca iba con prisa. George ni siquiera tenía una cámara. Rodearon la orilla donde los chicos del windsurf descansaban solitarios en la arena junto a sus velas de plástico. El propio Rojandi, aburrido con la falta de negocio, estaba navegando por el estrecho casi hasta donde se iniciaba el muro de la nube púrpura. George agitó la mano hacia él, pero no obtuvo respuesta. —Parece que el viejo mundo occidental ha acabado de una vez por todas consigo mismo. Durante cincuenta años se había estado preparando para ese desafío final. Parece una escena de ese otro viejo Oeste, mi querido Kilowatt, ése en el que los vaqueros cabalgan por la pradera. Dos hombres valientes caminando por la calle Mayor bajo el sol del mediodía, uno haciendo de Bueno, el otro haciendo de Malo. Se van acercando sin decir una palabra y sin cambiar de expresión. Y entonces... ¡bang, bang!... Los muy idiotas se matan el uno al otro a tiros en lugar de largarse por el primer callejón, como he hecho yo. —¿Tú fuiste vaquero, George? —preguntó Kilat. El Hippie continuó su monólogo. —Si eso es lo que ha sucedido en la vida real, es para sentirse fatal. Yo diría que nuestro presidente y el suyo han visto demasiadas películas de vaqueros y han terminado por anteponer el orgullo al sentido común... y esta vez han muerto incluso los espectadores del duelo. De poco les ha servido confiar en el comisario. Por eso me siento fatal, Kilowatt, pero déjame decirte que también me siento bien porque se lo advertí a todos pero no me hicieron el menor caso, de modo que finalmente me escabullí por la callejuela secundaria que es esta isla. Y aquí sigo todavía, mientras las nubes corren cargadas con los fragmentos, como copos de nieve, de los que se quedaron allí. El Hippie soltó un ruido parecido a una carcajada y sacudió la cabeza. Kilat entendió parte de sus palabras, pero estaba más interesado en el lagarto que subía por la capota de uno de los botes rápidos de los turistas, amarrados como tiburones muertos. El hombre que se encargaba de los botes estaba sentado a la sombra de un árbol y llamó a Kilat cuando le vio. —¿Por qué no sales a dar una vuelta, como está haciendo el señor Rojandi? —inquirió Kilat—. Yo te acompañaré. Me encantaría navegar un rato. —No tengo combustible —dijo el hombre moviendo la cabeza en gesto de negativa—. No hay energía. El buque tanque no ha llegado de Bengkulu esta semana. Muy pronto, todos vamos a tener problemas. —Ese hombre siempre está quejándose —informó Kilat a George mientras los dos seguían caminando. La bruma seguía extendiéndose sobre las aguas procedente del norte, donde el cielo tenía un color púrpura pálido. El Hippie no dijo nada y siguió secándose el rostro con un trapo sucio. —Me siento deprimido. Nunca confié mucho en el comisario... Dios santo... El aeropuerto ya estaba cerca. Sólo tenían que atravesar la Arboleda Santa para llegar a la valla rota del recinto. Sin embargo, cuando estuvieron a la sombra de los árboles, George murmuró un sonido como una explosión ahogada, avanzó tambaleante hasta una losa tallada y se tendió sobre ella cuan largo era. —El vino de Rojandi es realmente malo —comentó—. No es que me queje y, al fin y al cabo, él también se lo bebe, pero las cosas como son. Todos los nortéame... Dios santo... —George se incorporó, sentándose sobre la losa, y preparó un porro con el contenido de una bolsita llena de ganja local. —Supongo que los peces gordos de la política... Kilat se sentó y le observó con cierta preocupación. Había muchas cosas que el Hippie no entendía. —Estás sentado sobre la tumba del rey Sidabutar, George —le indicó a éste—. ¡Ten cuidado, no vaya a despertarse y te atrape! El viejo rey todavía tiene poder y, al fin y al cabo, tú eres uno de sus enemigos. —Yo no soy enemigo de nadie, salvo de mí mismo. Cielo santo, si el viejo Sidabutar me encanta. George dio una palmada sobre la losa tibia sobre la cual estaba sentado. La losa era la tapa de un inmenso sarcófago cuyas formas recordaban las de una canoa primitiva, terminado en un rostro brutal tallado en la piedra. Los ojos ciegos de este rostro miraban hacia el nuevo aeropuerto y la montaña tras éste. Entre los árboles había otras tumbas y menhires, aunque ninguna era tan espléndida como la tumba del rey. Los restos eran antiguos. Había quien decía que estaban allí desde el amanecer del mundo, pero la historia del rey Sidabutar era tan sólida como si estuviera tallada en piedra. La gente que vivía en Sipora había sido en otro tiempo parte de una gran nación, que se extendía muy lejos al norte, más allá incluso de Sumatra, de Singapur, en el Otro Hemisferio. Esta nación había sido próspera y pacífica; hasta los más pobres de esa nación vivían en palacios y comían en vajilla de oro. Así decía la leyenda, y así se lo contó Kilat a George. George había aprendido a ser paciente. Se recostó en la tumba de Sidabutar y su mirada se perdió en la brumosa distancia. Unos poderosos enemigos habían llegado entonces de más al norte. La nación había combatido contra ellos con valentía y aún se mantenía vivo el recuerdo del nombre de las Doce Batallas Sangrientas, pero finalmente hubo de rendirse a la superioridad numérica del enemigo. Conducida por su rey Sidabutar, la nación abandonó su tierra y emigró al sur en busca de paz. Miles de personas, mujeres y niños además de los hombres, dejaron la tierra de sus mayores y huyeron con sus animales y pertenencias, perseguidos por los crueles invasores del norte. La nación derrotada no halló la tranquilidad más al sur y, allá donde iba, era acosada y atacada. Sin embargo, el valiente rey daba siempre ánimos a su pueblo; a base de fuerza y astucia, convenció a los suyos de que siguieran unidos frente a todo. Finalmente, llegaron a la orilla del mar. Embarcaron y cruzaron las aguas, gracias a la intervención de los dioses, y se instalaron en Sumatra, la isla de la Esperanza. Incluso en Sumatra, los cazadores de cabezas y otras tribus feroces hicieron penosa la existencia para el pueblo del rey. Mientras parte de la nación se establecía en los bosques y montañas del interior, el rey, en compañía de las damas y los caballeros de su corte, emprendió de nuevo la travesía del mar. Así llegó por fin a la isla de Sipora, pacífica y fértil. Para entonces, el rey Sidabutar era ya un anciano. Había pasado la mayor parte de su vida en el gran viaje, cuya epopeya nunca se olvidará en la tierra. Cuando llegó al abrigo de lo que es hoy la Arboleda Santa, supo que se acercaba su hora. La reina le cuidó y lloró por él. El viejo rey bendijo la tierra y proclamó en sus últimas palabras que, si alguna vez llegaban a Sipora los enemigos de su pueblo, volvería de su tumba y se alzaría en toda su majestad, dotado de todos los Poderes del Mundo Superior, para dejarlos caer sobre ellos en venganza. —¡Vaya un tipo para tenerlo por héroe! —exclamó George mientras daba chupadas al porro y contemplaba las ramas del hariara, el roble sagrado. Las raíces del árbol se habían extendido y se habían hecho más gruesas, envolviendo el sarcófago real con unos dedos como venas de lava petrificada. —Sidabutar es el mayor héroe del mundo —afirmó Kilat—. Será mejor que te levantes de su tumba. —Sidabutar fue un pobre diablo, un auténtico vagabundo. Uno de los vencidos. Su gente fue expulsada del lugar donde vivía (calculo que debía ser alguna región en las fronteras de China) y se pasó el resto de su vida huyendo, ¿no es eso? Siempre en dirección al sur, escapando de los problemas. Finalmente, murió aquí, en esta pequeña isla olvidada en pleno océano índico... Dios santo, Kilowatt, ésa es la historia de mi vida. ¿Tú crees que alguien va a ser tan loco como para erigirme a mí una tumba de piedra? De ningún modo. El viejo Sidabutar no es más que un vagabundo, como yo. Un simple vagabundo. Kilat arremetió de un salto contra George y empezó a golpearle con los puños en el pecho. —¡Cerdo! ¡Sólo porque te acuestas cada noche con la hija del viejo Rojandi, lo sé! No digas una palabra contra nuestro rey o, de lo contrario, él se levantará y te destruirá, igual que América y Rusia han sido destruidas. George se apartó del pequeño y soltó una carcajada. —Sí, tal vez, tal vez... Y me lo habré buscado por lo mismo que éstos: por hablar demasiado. Está bien, chico, mantendré cerrada la boca si tú te olvidas del asunto de la hija de Rojandi, ¿de acuerdo? Kilat no se sintió satisfecho. Estaba convencido de percibir la presencia del espíritu del rey Sidabutar en la Arboleda. Lo más curioso era que sentía por Sidabutar la misma mezcla incómoda de admiración y de desagrado que le producían los dioses blancos. Si tan listos eran, ¿cómo habían podido echarlo todo a perder? Si el rey era tan grande, ¿cómo podía haberlo echado todo a perder? Los dioses blancos habían traído a Sipora la gonorrea y otras enfermedades, pero el viejo rey no había hecho nada al respecto. Sin embargo, no añadió nada más, pues Dempo apareció corriendo entre los árboles. Entre protestas a su hermano mayor por haberle dejado en el pueblo, Dempo explicó una larga historia sobre un mono beruk que había escapado subiendo por el tronco de un cocotero. —No importa —le dijo Kilat—. Vamos con George al aeropuerto. ¡Es excitantemente hermoso! George apagó la colilla del porro y la guardó. El trío emprendió la marcha entre los robles sagrados, cada uno de los cuales parecía lo bastante retorcido para contener un espíritu viviente. Al no haber tráfico aéreo, los vigilantes del aeropuerto se habían ido a casa. No se veía a nadie y pudieron caminar por la pista de despegue, siguiendo las mágicas líneas blancas. El asfalto estaba caliente bajo los pies desnudos. Mientras avanzaban, los lagartos se refugiaban en sus agujeros. En el vestíbulo del edificio del aeropuerto, dos hileras de baldosas del suelo estaban levantadas y se había abierto una zanja en el cemento, lo bastante profunda para enterrar otro cable eléctrico. Sin embargo, el cable no había llegado y la zanja se extendía ahora como una herida en el espacio vacío del vestíbulo. En el piso superior se había reunido buen número de vecinos del pueblo para admirar la vista, charlar y pasar el rato. El quiosco estaba abierto y vendía cervezas. En la ventanilla lateral del quiosco estaba colgado un periódico de dos meses atrás. El papel estaba ya amarillento y sus bordes se enrollaban como una hoja vieja. Bajo un titular que decía ¡¡¡LAS SUPERPOTENCIAS SE ENFRENTAN!!! había un reportaje desde Manila en el que se informaba de que había estallado la temida y prevista guerra nuclear entre los países del Pacto de Varsovia y los de la OTAN. Se creía que Europa había quedado destruida. La Unión Soviética también había disparado sus SS20 contra China, que no había lanzado ninguna represalia. Los Estados Unidos sí habían replicado con un contraataque masivo, pero quedaron arrasados. Todo el hemisferio norte estaba envuelto en nubes de polvo radiactivo. Manila estaba sufriendo los efectos. Nadie tenía idea de cuánta gente había muerto o estaba irremediablemente afectada. Los monzones estaban esparciendo la muerte en la India. George observó el documento y soltó una amarga risotada. —Si el pobre planeta maltratado es capaz de mantener su sistema de circulación atmosférica como es debido, existen algunas posibilidades de que aquí, en el hemisferio Sur, estemos a salvo; sin embargo, es preciso impedir la entrada de todo lo que llegue contaminado de esa porquería radiactiva. George y Kilat hablaron con mucha gente, pero sólo corrían entre ellos rumores sin comprobar. Algunos decían que Australia había sido destruida, otros mencionaban Sudáfrica. Otros decían que Sudáfrica estaba enviando equipos hospitalarios a Europa. Kilat disfrutó por el mero hecho de estar en el salón del aeropuerto, en cuyas paredes estaba colgado un mapa de comunicaciones mundiales tallado en marquetería. En el aeropuerto se sentía lleno de energía. Aquélla era la ruta de escape a otras tierras, si aún existían. —¿Vamos a ser borrados del mundo? —preguntó Derapo—. Los dioses blancos nos odian, ¿verdad? —Eso son tonterías. Nosotros somos los afortunados. La gran masa de Sumatra se interpone entre nosotros y la destrucción. El Kerintji y los otros gigantes nos mantendrán a salvo de la contaminación. Kilat se acordó de los relojes y deambuló entre la multitud tratando de venderlos, pero nadie estaba de humor para compras. Un mercader de refinada indumentaria meneó la cabeza y comentó: —Los relojes ya no sirven de nada, hijito. El tiempo se ha acabado. El hombre tenía una expresión muy triste. La sirena del aeropuerto empezó a sonar. Un oficial con el uniforme de Merpati apareció en el lugar y se dirigió a los presentes. Para ello levantó las manos con las palmas hacia el frente, pidiendo silencio. —Atención. Estamos recibiendo mensajes de radio de un avión que sobrevuela esta zona con problemas. Le hemos indicado que tome tierra en Benkulu, pero el avión tiene dificultades, algún tipo de enfermedad, y se les está acabando el combustible. El avión aterrizará aquí. Una sarta de preguntas acogió el anuncio. Los hombres trataron de acercarse al oficial, un hombre de edad mediana y cabello canoso que sonrió y agitó las manos como saludo mientras retrocedía. —No se preocupen, resolveremos la emergencia. —Sus palabras quedaron ahogadas por el ulular de una ambulancia que salía de su hangar hacia la pista, un poco más allá de la sala de recepción—. Rogamos a todos aquellos que no tengan asuntos oficiales aquí que hagan el favor de abandonar las instalaciones del aeropuerto por su propia seguridad. El avión tiene un tamaño superior al recomendado para aterrizar en este aeródromo y tal vez tengamos algún problema, pues la pista es demasiado corta. Hagan el favor de evacuar las instalaciones inmediatamente. Hubo más preguntas y más nervios. El oficial permaneció inmóvil donde estaba y continuó: —Está bien, está bien, comprendo sus preocupaciones, pero no hay que temer nada si no se dejan llevar por el pánico. Hagan el favor de evacuar el edificio con tranquilidad. Tenemos entendido que el avión es norteamericano y que trae oficiales de alto rango de San Diego. Ante la palabra «norteamericano», el pánico se desató en serio. Todo el mundo echó a correr escaleras abajo o, sencillamente, alrededor del salón. Kilat asió de la mano a Dempo y se dirigió escaleras abajo abriéndose paso a codazos hasta la puerta doble de cristal. Habían perdido al Hippie, pero Kilat no se preocupó de ello. Corrió con Dempo en dirección a la valla exterior del aeropuerto. Entonces pasó el coche de bomberos. Cuando Kilat alzó la cabeza, vio que el cielo estaba envuelto en la bruma. De pronto, sintió frío. Alguien lanzó un silbido. Los pequeños volvieron la cabeza hacia allí y vieron a George apoyado en las puertas abiertas del garaje de la ambulancia, gesticulando para que fueran hacia él. Los dos hermanos echaron a correr hacia el Hippie, que se agachó para abrazarles. —Parece que vamos a tener un poco de diversión. Esperemos aquí. Quiero echar un vistazo a los tipos que bajen de ese avión. —George miró fijamente a Kilat y añadió—: El asunto me huele muy mal, Kilowatt. Encendió de nuevo el porro con una expresión inusualmente sombría en sus apacibles facciones. Kilat y Dempo aguardaron en cuclillas. Desde allí podían ver la Arboleda Santa al otro lado del aeropuerto, y el mar tras la arboleda. La superficie estaba mate, había perdido sus reflejos brillantes. —Ver llegar un avión desde aquí resulta excitantemente hermoso. ¿Has estado alguna vez en San Diego, George? —Si esos tipos han sobrevivido, tienen que haber estado bajo tierra, a salvo. Kilat no le entendió y se dejó abrigar por el Hippie sólo un minuto. Sin embargo, luego se quedó muy cerca de él. Al cabo de un rato, George volvió a hablar: —Escucha, Kilowatt, esos tipos van a traer problemas. Muchos problemas. Si han sobrevivido al holocausto y han conseguido un avión, seguro que se trata de peces gordos. Y si han venido hasta aquí... ¿Por qué no han escogido un lugar más próximo a su base? Cabe pensar que ha sido porque otros tipos no les han dejado bajar en esos lugares, ¿no te parece? Te lo aseguro, esos peces gordos pueden venir cargados de soldados y Dios sabe qué, guardaespaldas o algo así. Van a traer problemas. —Bueno, quizá se muestren agradecidos de que nosotros... —¿Agradecidos? Una mierda. Los tipos armados no dan las gracias. Vendrán buscando un último combate. —Quizá sea el presidente de los Estados Unidos que viene a visitarnos —sugirió Dempo, buscando una explicación tranquilizadora. Parecía asustado y se agarraba con fuerza a una pierna de George. —¿Crees que pueden apoderarse de Sipora? —preguntó Kilat con una vocecilla. —¿Por qué no? ¿Por qué diablos no? Conozco a esas ratas, creen que el mundo les pertenece. Tal vez vuestra policía debería matarlos a tiros a todos cuando pisen el asfalto de la pista. Kilat observó el rostro del Hippie con un gesto de preocupación. Se daba cuenta de que George estaba asustado. Sobre sus cabezas, el rugido de los motores aumentó lentamente de intensidad. El avión permanecía oculto tras las nubes. —Sólo tenemos seis policías y en total sólo hay un fusil. Su misión es sólo la de controlar a los turistas, nada más. George miró a su alrededor con expresión demudada. —Quizás el condenado avión se estrellara si la pista es demasiado corta. Ojalá estalle. Esos tipos pueden ser una plaga peor que la gonorrea. Dempo empezó a dar saltitos. —¡Sí, ojalá se estrelle! ¡Ojalá se estrelle! Eso sí que sería excitantemente hermoso. El aeropuerto era ahora el escenario de un movimiento apresurado. Las sirenas ululaban y por las pistas se movían coches y personas. El único coche de policía de la isla trataba de apartarlos del medio. En la pista de aterrizaje se encendieron las luces de la línea central; los focos de aproximación de alta intensidad y las luces blancas de demarcación de la pista se iluminaron con un parpadeo. En las astas se alzaron unas banderas. Más gente se acercaba corriendo desde el pueblo. De pronto, el ruido de los motores pareció crecer. El avión emergió de las nubes bajas. Era enorme, plateado, depredador. Desplegaba el tren de aterrizaje y hacía vibrar el universo. Cualquiera que estuviese durmiendo en la isla se habría despertado al instante. Dempo y Kilat cayeron al suelo, presa de asombro y temor. El avión se acercó con su rugido, avanzando directamente hacia el garaje de la ambulancia, o así pareció. Luego, con una ventolera que barrió el polvo del aeropuerto, el avión desapareció de nuevo. George y los pequeños vieron sus reactores refulgentes antes de que la capa de nubes volviera a ocultarlo. —Oh, se ha ido otra vez —exclamaron los niños—. Finalmente, se ha ido a Benkulu. Toda la gente que se hallaba en las inmediaciones del aeropuerto se había arrojado al suelo. Ahora se incorporaban y corrían a lugar seguro mientras los coches se alejaban en todas direcciones, revolucionando los motores y patinando para evitar colisiones. —Volverá —afirmó George, y escupió contra el suelo—. El piloto sólo ha echado un vistazo. Sus instrumentos no deben funcionar correctamente. ¿Quién diablos serán esos tipos? Oh, esto no me gusta. Esto no me gusta en absoluto. —Es el Presidente, lo sé —gritó Kilat. Tuvo que hacerlo, pues el ruido había aumentado otra vez. El avión había hecho un giro y se acercaba de nuevo. —¡Estréllate contra la montaña, cerdo! —exclamó George con un puño alzado al cielo—. ¡Déjanos en paz! Entonces lo volvieron a ver. En esta ocasión venía mucho más bajo, con los alerones sacados, los frenos aerodinámicos levantados, el morro elevado. El tren de aterrizaje pareció rozar las palmeras al fondo de la pista. Parecía demasiado enorme y demasiado rápido para poder frenar en la corta longitud de la isla. —¡Estréllate, condenado! —gritó George mientras el avión pasaba a su altura, monstruoso, dando tumbos y vibrando. Piedrecillas y arena golpearon los rostros de los tres espectadores. Les alcanzó el aullido de los neumáticos. En un abrir y cerrar de ojos, el avión pasó frente a ellos. Estaba reduciendo la velocidad. Sólo tenía cien metros hasta la valla del otro extremo de la pista. La ambulancia y el coche de bomberos hacían ulular sus sirenas mientras avanzaban tras él. El avión tembló mientras frenaba, cada vez más cerca de la valla. Ahora parecía que podría detenerse a tiempo, pero la inercia se lo impidió. Numerosas piedras saltaron por los aires. Vibrando todavía, el monstruo de plata superó las señales de demarcación del fondo de la pista, se salió del asfalto dando tumbos y se estrelló contra las hileras de focos. La gente que observaba el aterrizaje desde la valla exterior echó a correr. El aparato se deslizó coleando, embistió la valla con un ala y la atravesó como si no estuviera, para terminar estrellando el morro y uno de los motores contra las palmeras. Parte del tren de aterrizaje saltó. El avión se inclinó hacia un lado como si se arrodillara. El humo, el vapor y el polvo cubrieron la escena. —Señor —musitó George. —Señor —repitieron los pequeños, imitándole. La acción parecía haberse paralizado, como si el tiempo se hubiese congelado. La difusa luz del sol hacía que nada tuviera sombra. Instantes después, se abrió una de las escotillas de emergencia en el costado del avión. Una rampa de evacuación amarilla se hinchó de inmediato. Los pasajeros empezaron a deslizarse por la rampa, a intervalos de segundo y medio. Bajaban como muñecos y sólo recobraban la vida al pie de la rampa, cuando se incorporaban. El avión destrozado humeaba. De pronto, estalló en llamas. El fuego corrió por una de las alas y llegó hasta la cabina de mando. Del avión salieron unos gritos, se abrió otra puerta delante del ala y unos hombres uniformados saltaron por ella cayendo al suelo. —Estaba seguro: ¡soldados! —exclamó George—. Llegan los yanquis. Empezó a dirigir insultos a los hombres alineados junto a la rampa amarilla, que llevaban uniformes de combate e iban armados con fusiles. George y los pequeños observaron que la mayoría de los hombres se encontraba en mal estado. Estaban muy pálidos y tenían la cabeza llena de calvas. Muchos mostraban vendajes. Algunos cayeron al suelo tan pronto como pasaron del aire acondicionado del avión a la atmósfera bochornosa y sofocante de Sipora. Aunque el incendio iba a más y sus movimientos delataban el pánico que sentían, los recién llegados se movían con lentitud y rigidez. —Están enfermos —dijo Kilat—. Y nos traen aquí sus enfermedades. Escabullámonos por una calleja... —Ya no quedan callejas, pequeño. Cuando el coche de bomberos se acercó, los soldados lo detuvieron apuntando con sus armas a los ocupantes. Un humo negro se esparció sobre la pista. Ahora descendían del aparato otros hombres de más edad, que echaron a andar penosamente hacia los edificios del aeropuerto. La mayoría de ellos lucía gorras puntiagudas con galones y llevaba medallas y distintivos en el pecho. Rápidamente, se formó una escolta que les acompañó, con las armas preparadas. —¡Es el maldito Estado Mayor! —aulló George—. Ésos son los hijos de perra que iniciaron esta guerra, y ahora creen que se pueden refugiar en un maldito agujero en el Océano Indico. —También tienen la enfermedad —apuntó Kilat, pero George ya había saltado del refugio y corría por la pista de asfalto en dirección a la columna de figuras decrépitas que se acercaba, sorteando las columnas de humo aceitoso. Kilat lo presenció todo: vio cómo se levantaban los cañones de los fusiles, vio los rostros de los soldados. Jamás olvidaría las caras de los soldados. Apretaron los labios, se quedaron inmóviles y, sin la menor muestra de emoción, dispararon. Dispararon contra George mientras corría hacia ellos, gritando. Las balas volaron en dirección a los pequeños. Kilat empujó a su hermanito al suelo mientras una se incrustaba en la pared del fondo del garaje. Cuando levantó la cabeza, George había caído al suelo y rodaba por éste de manera curiosa, sacudiendo las piernas. Por fin, se detuvo y quedó quieto. Al tiempo que George dejaba de moverse, otro ruido se unió al rugido del incendio. Era un sonido sorprendente, una especie de silbido, como una gigantesca exhalación. La tierra tembló al mismo tiempo. Entre los árboles del otro lado del aeropuerto, los niños vieron alzarse unas nubes de vapor. Ocultaban algo que se alzaba de la propia tierra, de una tumba abierta. Una figura enorme seguía creciendo, alzándose como un cohete, hasta que su cabeza emergió sobre las copas de los árboles en la Arboleda Santa. El humo y el vapor se entrelazaban ante sus facciones como grandes patillas, pero se distinguía claramente en ellas una expresión de cólera implacable. El rey Sidabutar había despertado por fin de su largo sueño. Se había levantado, vengativo, para conjurar los Poderes del Mundo Superior. La ciencia había muerto; ahora, estaba libre para descargar la destrucción sobre sus enemigos. (1984) [/font:902eddfaff][/size:902eddfaff] [/color:902eddfaff]


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