Las dificultades de fotografiar nix olímpica

Nota De; BRIAN W. ALDISS, Nota Enviado por: admin » El 28 del 09 de 2008
Era un hecho sin precedentes que alguien destinado en Marte rechazara un permiso en casa.
[align=center:322775abc4][font=Comic Sans MS:322775abc4] [size=18:322775abc4][color=red:322775abc4] BRIAN W. ALDISS [/font:322775abc4] [/size:322775abc4] [/color:322775abc4][/align:322775abc4] [align=center:322775abc4][font=Courier New:322775abc4][color=brown:322775abc4][size=18:322775abc4] Las dificultades de fotografiar nix olímpica [/size:322775abc4][/color:322775abc4] [/font:322775abc4][/align:322775abc4] [font=Webdings:322775abc4] [size=14:322775abc4] [color=darkmagenta:322775abc4] Era un hecho sin precedentes que alguien destinado en Marte rechazara un permiso en casa. Ozzy Brooks lo rechazó. Acariciaba el secreto deseo de fotografiar el Olympus Mons. A lo largo de los dos años de su turno de servicio, el sargento Brooks había ahorrado dinero y acumulado material. Había hecho amigos en la sección de transportes. Se había congraciado con el oficial a cargo de las raciones. Se había tomado considerables molestias para ser amable con prácticamente todos los del Control Atmosférico. Había cortejado a los muchachos de la sección geológica. Se había hecho indispensable para los de Ingeniería. En Fort Arcadia, casi todo el mundo conocía y, cada uno a su manera, apreciaba al pequeño sargento Brooks. Brooks era bajo, moreno, de complexión liviana y huesos finos; un elemento ideal para Marte. Su cabello, que le crecía como un liquen sobre el cráneo, era de un indescriptible color arena a juego con sus ojos. Presentaba el aspecto que suele denominarse «de edad indefinida», y la mirada más bien vacua que acompaña a ese aspecto. Tras su mirada vacua e inofensiva se ocultaba un temperamento ambicioso. Brooks era un intelectual. Brooks no bebía. Muy rara vez contemplaba los programas de televisión de la Tierra. En cambio, era fácil encontrarlo leyendo viejos libros. Se acostaba temprano. Nunca se quejaba ni se rascaba los sobacos. Y daba la impresión de saberlo todo. Resultaba extraño que el resto de los militares destinados en Fort Arcadia lo apreciaran a pesar de todo lo dicho, pero Brooks tenía otro mérito. Ozzy Brooks era el maestro de t\'ai chi marciano de Fort Arcadia. Daba dos clases de mar t\'ai chi, como él lo llamaba: una clase elemental de ocho a diez de la mañana, y una clase avanzada de ocho a once de la noche. Incluso aquellos para quienes el mar t\'ai chi no era obligatorio solían asistir a las clases de Brooks, pues todos coincidían en que Brooks era un magnífico profesor y todos se sentían mejor al finalizar cada sesión. Las clases de Brooks eran un antídoto contra la monotonía de Marte. Tras dar por terminada una de sus clases matutinas, Brooks se quitó la ropa, se enfundó un mono y cruzó tranquilamente la cúpula en dirección a Ingeniería, para seguir trabajando en la cámara de gran formato que estaba construyendo. —¿Para qué quieres una cámara en Marte? —inquirió el sargento Al Shapiro. —Quiero fotografiar el Olympus Mons desde su base —respondió Brooks. Shapiro se rió de un modo despectivo. El secreto de la vida de Brooks era que no odiaba nada. No odiaba a nadie. No odiaba al ejército, no odiaba a Marte. El resto de los hombres, sus amigos, se pasaban la horas tratando de decidir si odiaban más al ejército o a Marte. A veces ganaba Marte; a veces el ejército. —Es el aburrimiento. La monotonía —solían decir, refiriéndose a ambas cosas o a cualquiera de las dos. Brooks no se aburría nunca. Por consiguiente, la vida no le resultaba monótona. La disciplina del ejército no le disgustaba, ya que siempre se había sometido él mismo a una estricta disciplina. Naturalmente echaba de menos las mujeres, pero se consolaba diciéndose que, a cambio, disponía de una oportunidad única para conocer el Planeta Rojo. Amaba a Marte. Marte era el sitio ideal para practicar t\'ai chi. A pesar de su vulgar apellido, Brooks era un exótico. Si bien su abuela, una refugiada del Vietnam, había tenido la fortuna de casarse con un norteamericano de séptima generación, sus bisabuelos eran chinos de la provincia de Sichuan. La tradición del t\'ai chi se había transmitido en su familia de generación en generación. Ozzy Brooks se reservaba cuidadosamente este conocimiento: Marte con su menor gravedad, era el planeta perfecto para el desarrollo de su arte. Algún sabio antepasado chino, muchas generaciones antes, había inventado las posturas de la Grulla Blanca pensando en Marte. Por debajo del americanismo de Brooks yacía una intensa complacencia en su herencia oriental. Creía firmemente que había sido un chino el que había descubierto la forma perfecta de vivir en otro planeta, en armonía con sus elementos, utilizando esos mismos elementos para volverse uno más perfecto. Marte —y esto lo había comprendido apenas desembarcar de la espacionave militar— era el más chino de los planetas, incluso en el tono sang de boeuf de su suelo, el mismo color de los antiguos portales y porcelanas de la China. En la mente de Brooks, Marte se convirtió en una prolongación de la China, la China de la antigüedad, abarrotada de guerreros, de doncellas tan delicadas como los sauces blancos, de tumbas repletas de tallas y tesoros. Más allá de la cúpula de Arcadia, le parecía ver Cathay. Hubo de pasar un tiempo antes de que se diera cuenta de que en el sargento Al Shapiro tenía un amigo. Estaba trabajando en los laboratorios de Ingeniería, insertando el mecanismo del obturador en la cámara de 8 X 10, prácticamente lista para ser usada, cuando Shapiro hizo su entrada. Shapiro era bajo, de pies ligeros y tez más morena que la de Brooks. Sonrió hacia Brooks por debajo de la mata de pelo negro que le colgaba sobre el rostro. —¿Para qué piensas utilizar esa cámara, Ozzy? —Para hacer fotos, claro. ¿Para qué, si no? —No podrás llevártela a la Tierra con tus cosas. Pesa demasiado. —Qué lata —contestó Brooks sin inmutarse. Shapiro vaciló y al fin dijo: —Tendrías que usarla para fotografiar Marte. Esta observación cogió a Brooks por sorpresa. En ningún momento había tenido otra intención. Oír a otra persona formular su intención le hizo sentirse despojado, como si le hubieran robado una gema preciosa. Se quedó mirando a Shapiro con la boca abierta. Interpretando erróneamente su sorpresa, Shapiro bajó la voz y prosiguió: —La mayoría de los muchachos no ven nada en Marte, nada en absoluto. Excepto los oficiales. ¿Te has fijado en que, cuando salimos de maniobras, el coronel Wolfe siempre comenta, «Marte es un sitio magnífico para combatir»? Supongo que así es como lo ve un militar profesional. ¿Y qué dicen los hombres? «La estepa de polvo», así es como llaman a Marte los reclutas. Sólo son capaces de verlo como un fragmento arrancado de algún desierto norteamericano. No tienen imaginación. —¿Como lo ves tú, Al? —quiso saber Brooks, muy sereno y nuevamente dueño de sí. Shapiro esbozó su fugaz sonrisa. —¿Cómo lo veo? Bueno, cuando me pongo a mirarlo, lo veo como un ejemplo fantástico de ingeniería natural. Libre de todos los árboles y toda la vegetación que oculta la Tierra. Marte es franco; una interminable serie de voladizos, contrafuertes y plataformas. La obra de Dios al desnudo. Que yo sepa, soy el único al que le gustaría salir a dar una vuelta por ahí. —A algunos les gusta salir para tirar al plato —observó Brooks. Había jeeps marcianos que recorrían las hondonadas cercanas lanzando platos de arcilla en todas direcciones. El tiro al plato era una de las escasas distracciones al aire libre que existían. Pero nadie se alejaba más de un par de kilómetros. Shapiro se encogió de hombros. —Un juego de niños... Me gustaría aprovechar mi estancia en Marte para hacer algo memorable. Sólo me queda un mes antes de que me envíen de vuelta a Chicago. Brooks extendió la mano. —Eso mismo pienso yo. Quiero hacer algo memorable. Y así fue como empezaron a hacer planes para fotografiar el Olympus Mons desde su falda. Al Shapiro disponía de tantos recursos como Ozzy Brooks para conseguir lo que le interesaba. En realidad, se lo pasaba bien en el ejército y sabía cómo explotar todas las debilidades de esta organización. Presentaron una instancia para obtener una semana de permiso fuera de la base; se dedicaron a sobornar al capitán Jeschke, de Transportes, para que les prestara extraoficialmente un jeep marciano; ofrecieron sus servicios a cambio de suministros. —Tendrían que hacerme general —comentó Shapiro jocosamente—. ¡Podría dirigir Marte con una sola mano! Y durante todo este tiempo, Shapiro siguió con su trabajo en Ingeniería y Brooks dio sus clases de mar t\'ai chi, enseñando a sus alumnos a amar a Marte como aliado que era de todos sus esfuerzos musculares..., con lo que, a su manera callada, subvertía los propósitos del ejército, que pretendía que sus hombres odiaran el planeta y todo lo que sobre él se moviera y no fuese capitalista. De vez en cuando se efectuaban maniobras conjuntas con la cúpula de la CEE en Eridania. Los soldados debían disparar misiles en los parámetros árticos o arrastrarse, entre maldiciones, por el polvo rojizo. En tales ocasiones, Brooks se daba cuenta de que su subversión no producía mucho efecto. Todo el mundo quería regresar a la Tierra. Carecían de visión. Él anhelaba darles una. —Antes de salir de la base, debemos hacer una maqueta de Nix Olympica y estudiarla desde todos los ángulos, para que podamos decidir la mejor ruta de aproximación. —Mientras hablaba, Brooks meneó juiciosamente la cabeza y miró de soslayo a Shapiro. —Cartografía —dijo éste—. Lou Wright me debe un favor. Probemos en Cartografía. Consiguieron algo más que mapas y fotografías. Siendo uno de los más destacados rasgos físicos de Marte, el extinto volcán había merecido una maqueta en plástico, construida por un oficial ya licenciado de la sección geológica del ejército. Brooks la examinó con mucho interés antes de rechazarla. —Es demasiado pequeña. Podemos hacer una mucho mejor entre los dos —sentenció. En su interior, sentía que aquella maqueta militar del Olympus estaba contaminada por su origen; le faltaba poesía. Quienquiera que hubiese ordenado su construcción, probablemente no se interesaba más que por su mejor forma de escalar las laderas del cráter o por las posibilidades de la caldera como base de lanzamiento de misiles suelo-espacio. Brooks moldeó en plástico su maqueta del gigantesco volcán y la pintó con colores acrílicos. Shapiro acudía de vez en cuando para admirar su obra. —Fíjate, este volcán tiene el tamaño de todo el estado de Missouri. Su cumbre está a veinticinco kilómetros del suelo —comentó Brooks—. Creo que lo mejor será aproximarse desde el este. Así tendremos más luz. —¿Qué objetivo usarás? —Llevaré varios. La ventaja de una cámara de 8 X 10 es que da una definición increíble, pero utiliza película en placas y necesitaré un trípode para mantenerla fija. —Yo puedo hacer el trípode. Cuando el modelo del Olympus estuvo terminado, lo examinaron críticamente. Brooks meneaba la cabeza. —Es una buena maqueta —reconoció Shapiro—. Fotografíala aquí, sobre un fondo negro, y podemos ahorrarnos el viaje. Aunque Brooks raramente se reía, esta vez se rió. Se rió y no dijo nada. Se sentía serenamente feliz dibujando su propio mapa, rotulando en fino estilo caligráfico los contados accidentes geográficos, trazando con toda precisión las curvas de nivel. El aspecto más peligroso del viaje era la distancia. Se trataba de un recorrido de unos mil doscientos kilómetros, sin gasolineras en ruta, y luego el viaje de regreso. Era sumamente improbable que encontrasen a alguien en el camino, salvo quizás una patrulla desplazándose entre la base de Arcadia y el hemisferio del planeta en poder del enemigo. Ningún peligro era bastante grande para disuadir a Brooks. En su mente sólo cabía el deleite de haber encontrado un amigo y de pensar en las perspectivas que les aguardaban. Desde que el Mariner 9 lo había sobrevolado allá en el 1971, Olympus Mons —el volcán mayor del sistema solar— había sido frecuentemente fotografiado desde satélites y cohetes. Pero nunca desde el suelo. Nunca como iba a fotografiarlo él, con toda la pericia de un Ansel Adams. Ya se imaginaba las fotografías. Serían majestuosas, y reflejarían tanto la violencia como la muerta desolación del paisaje marciano; de las tensiones en conflicto, él extraería serenidad. Crearía una imagen tal que resultaría definitiva: por medio del elusivo arte de la fotografía, crearía un monumento no sólo a la sublimidad del universo, sino también a la grandeza y la insignificancia de la humanidad en el conjunto de las cosas. Enfrascado en tan exaltados pensamientos, Brooks no tenía lugar para el miedo. Los dos hombres salieron de Arcadia una mañana temprano. Enfundados en sus trajes, se deslizaron por una de las esclusas de personal de la cúpula principal y se encaminaron hacia el hangar de transportes. Allí les esperaba un alargado jeep marciano, cargado de provisiones y combustible. Mientras rodaba hacia la tenue luz del alba, el vehículo semioruga parecía un torpe y pesado escarabajo. Dentro de la cabina había muy poco sitio para moverse. Para dormir, tendrían que desplegar las hamacas sobre los asientos. El irónicamente llamado Fort Arcadia se hallaba situado cerca de los 50° de latitud Norte, en los veteados recovecos de la Arcadia Planitia. En el hemisferio septentrional de Marte era verano y, según los mapas, para llegar al gigantesco volcán debían viajar directamente hacia el sur. Tenían previsto viajar durante catorce horas diarias a un promedio de unos cuarenta kilómetros por hora, lo mejor que se atrevían a esperar sobre terreno virgen. Cuando la destartalada colección de edificios prefabricados desapareció a sus espaldas y quedaron a solas con Marte, ambos asintieron complacidos. Conducía Shapiro. Un sol helado y encogido perforaba las brumas del horizonte oriental, donde estratos de rosa salmón se disolvían en el firmamento. La sombra de su vehículo se proyectaba sobre un terreno semejante al desierto de Gobi, en la Tierra. El polvo se acumulaba en esculpidas terrazas, puntuadas aquí y allá por afloramientos de piedra pómez. A la derecha, en la lejanía, una serie de mesetas acantiladas parecía sugerir una especie de orden completamente ausente allí donde ellos se encontraban; avanzaban a través de un vertedero de escombros geológicos. Aquel paisaje informe les resultaba conocido por sus ejercicios militares. Se habían arrastrado a su través, envueltos en prendas de camuflaje color de arena. Nada se movía, salvo el polvo y el óxido; lo demás —a diferencia de los inquietos territorios de la Tierra— había permanecido inmutable durante miles de millones de años. No existía allí más vida de la que pudiera haber en el mapa cartográfico que habían fijado sobre el tablero. Al contrario que en el hemisferio meridional, allí no había cráteres que prestaran interés al panorama. Su única preocupación era conservar el rumbo sur, esquivando las rocas y los amontonamientos de polvo. Tras la primera hora de viaje, con Al Shapiro sentado al volante, Brooks empezó a sentir ganas de hablar. Al Shapiro, empero, se había sumido en un profundo silencio. A medida que el sol iba alzándose hacia el rosado firmamento, él se volvía más silencioso. Tras ofrecer la información de que su familia procedía del sector de Cicero, en Chicago, dejó de hablar por completo. Brooks se cansó de intentar trabar conversación y se puso a silbar. El sol describía su arco sobre ellos. Los dos sargentos se turnaban al volante, conduciendo hasta que el sol se declinó hacia el oeste y se hundió tras una baja nube de polvo. Habían cubierto quinientos kilómetros y se sentían satisfechos de su rápido avance. Con la caída de la noche, Shapiro encontró de nuevo la voz y se mostró más animado, compartiendo una amigable cena y en seguida treparon a sus hamacas y se dispusieron a dormir. En mitad de la noche, Brooks despertó y miró por la ventana. Las estrellas y la Vía Láctea refulgían con todo su esplendor, remotas pero a la vez curiosamente íntimas, como si brillaran únicamente para él, como una esperanza en el fondo de su mente. Atrapado entre las divergentes tensiones del gozo y del pavor reverencial, como un troglodita ante su dios, fue incapaz de apartar la vista de aquel fulgor hasta pasada una hora entera. Luego se encaramó de nuevo a su hamaca y, sonriendo a la enclaustrada oscuridad, se quedó dormido. El siguiente amanecer, para secreto alivio de Brooks, no reveló ningún signo de la tormenta de polvo que había avistado al anochecer. Se sintió rebosante de gozo. Cantó. Shapiro parecía acongojado. —¿Estás bien? —preguntó Brooks. —Sí, claro, estoy perfectamente. —¿Te preocupa alguna cosa? Querías salir de la base y venir a ver todo esto, y aquí estamos. —No me pasa nada. —Dentro de un par de horas deberíamos empezar a distinguir la cordillera de Tharsis. Mañana tendremos Nix Olympica al alcance de la vista. —Se llama Olympus —protestó Shapiro agriamente. —Me gusta más el nombre antiguo, Al. Nix Olympica... éste es el nombre que le dieron cuando aún nadie había pisado el planeta, ni siquiera salido de la Tierra. Nix Olympica es el nombre antiguo, el nombre del misterio y la lejanía. Me gusta más. Voy a fotografiar Nix Olympica y dar una nueva imagen a la Tierra antes de que vengan a construir una base de lanzamiento de misiles en el cráter. Esperemos que la atmósfera se mantenga limpia de polvo. Shapiro se encogió de hombros y se apartó el pelo de los ojos. No dijo nada. A las seis y media ya estaban en marcha. A las ocho, el terreno empezó a cambiar. La lava petrificada creaba una serie de escalones sobre las antiguas rocas de arenisca. Su gravímetro comenzó a indicar fluctuaciones en el campo gravitatorio. Brooks señaló hacia el frente. —Ahí está la cordillera de Tharsis —anunció—. Se extiende desde aquí hasta el sur del ecuador. —Ya la veo —replicó Shapiro, sin responder al entusiasmo de Brooks. Comenzaron a desviarse hacia el sudeste, hasta que los bajos y acartonados rebordes de Alba Patera quedaron claramente a la izquierda. El panorama hacia el que se dirigían era cada vez más imponente. La cordillera de Tharsis distorsionaba la mitad de un hemisferio. La Tierra no poseía ningún rasgo tan majestuoso. En su bastión noroccidental se alzaba la severa silueta vigilante de Olympus, con su cono que se erguía más de veinticinco kilómetros sobre la planicie circundante. De momento, todavía estaban demasiado lejos para ver más que un irregular flanco de la cordillera alzándose sobre las antiguas llanuras como una cicatriz. Negras nubes de polvo se movían sobre la cicatriz. De las nubes llovían relámpagos, destellando como hilos de magnesio encendidos, extinguiéndose y destellando de nuevo en otro lugar. Muy por encima de la cordillera y las nubes de polvo, deshilachadas nubéculas blancas formaban un halo en el oscuro cielo. Ascendían. El motor palpitaba. Iban pasando las horas, y el paisaje adquiría cada vez más potencia. Era como si la antigua roca respirase hacia arriba. A pesar del jeep, Brooks podía sentir aquella gran fuerza ígnea y pujante en las plantas de los pies, en el «manantial bullente», según la denominación del t\'ai chi. Respiró hondo, llevando el aire hasta el hará. Pero Shapiro estaba encogido en su asiento. —Padeces de agorafobia, Al —observó Brooks—. No te preocupes. Ahora tenemos algo maravilloso que distraerá tu mente. La intención de Brooks era ascender un trecho por la cordillera hasta que Nix Olympica quedara a su oeste; desde allí, calculaba que podría fotografiar la formación en su aspecto más espectacular, con las tierras bajas por detrás. El terreno, que hasta entonces sólo había presentado pequeños surcos, se volvía cada vez más difícil. Largas fracturas paralelas, notablemente uniformes en su orientación y espaciamiento, corrían cuesta abajo en su camino. No había forma de evitarlas; según las indicaciones de sus instrumentos, las fallas se extendían al menos ciento cincuenta kilómetros por ambos lados. En todas las fracturas los flancos eran acantilados cortados casi a pico y el fondo era razonablemente plano. Encontraron un lugar donde un corrimiento de tierras había derribado uno de los acantilados. Accionando las orugas del vehículo de forma alternativa, lograron deslizarse por un pequeño talud hasta el fondo de la fractura, tras lo cual les resultó fácil seguir avanzando por el mismo. Era tan amplio como una autopista de ocho carriles. Estaban encajonados entre paredes por los dos lados. Sobre sus cabezas, el cielo era plomizo, suavizado más al frente por una franja de nube blanca bastante baja. Sólo había que ir siguiendo adelante. En la Tierra no hubo jamás ningún cañón como aquél. Brooks señaló hacia el lado en sombras, al pie del acantilado. Una mancha blancuzca resaltaba entre pequeños peñascos. —A juzgar por su aspecto, debe ser una mezcla de escarcha y nieve —opinó. Esta visión le deleitó. Todavía quedaba en funcionamiento al menos un proceso natural sobre la muerta superficie del planeta. —¿Cómo saldremos de esta falla? —quiso saber Shapiro. —Estamos en una grieta que al menos tiene dos mil quinientos millones de años de antigüedad — observó Brooks, más o menos para sí mismo—. Ni siquiera Cathay era tan antigua. —Y mientras estemos aquí, los satélites no podrán detectarnos —añadió Shapiro. Pero su aprensiones no hicieron mella en Brooks. Ya saldrían de un modo u otro. Nunca había disfrutado tanto. —Imagínate... En otro tiempo, un gran torrente se precipitaba por aquí, Al. Nos movemos por el lecho de un viejo río. —No. Esto no lo ha formado el agua —le corrigió Shapiro en un tono de experto—. Es el resultado de las tensiones de la litosfera marciana. No, si todavía acabarás buscando huesos de pez. Aunque la réplica hizo callar a Brooks, éste se pasó la siguiente hora atento a cualquier indicio de vida extinguida. ¡Qué triunfo sería encontrar un fósil en las paredes de la falla! En una ocasión, lanzó un grito y paró el jeep para examinar más detenidamente el acantilado; no había nada que ver, salvo un entramado de grietas en la roca. —Aquí no ha existido nunca vida; nunca —insistió Shapiro, y comenzó a estremecerse. Aunque no podía decirle ninguna frase de condolencia, Brooks comprendía lo que Shapiro estaba sintiendo. Aquellos espacios ignotos helaban a Shapiro tanto como entusiasmaban a Brooks; ése era el resultado de haber nacido en un atestado suburbio de Chicago. Además, era capaz de comprender intelectualmente lo absurdo que resultaba experimentar tan intenso placer en un lugar tan desolado. Las montañas del oeste de la provincia de Sichuan, de donde procedían sus antepasados chinos, quizá fuesen casi tan poco acogedoras como aquello. Finalmente, resultó que la despreocupación de Brooks no estaba injustificada. La falla desembocaba en otra formando un ángulo oblicuo. Vastas rampas, tan lisas como si las hubiera diseñado un arquitecto mortal, ascendían hasta el nivel general de la cordillera. El jeep 323 trepó sin esfuerzo y fueron a salir a las secas elevaciones de la cordillera de Tharsis. Se encontraban a 2,1 kilómetros sobre la línea de referencia, el equivalente en Marte del nivel del mar. La lectura indicaba también una anomalía gravitatoria al aire libre de 229 mgals. El muro de polvo negro amarillento había desaparecido. En la enrarecida atmósfera, la visibilidad era excelente. El sol resplandecía como si estuviera incrustado en lucita. Asimismo, los grandes y suaves accidentes de la llanura inclinada presentaban un aspecto vidrioso, con extraños abultamientos y ondulaciones que parecían sugerir la existencia de una osamenta bajo la piel de basalto. —¡Espléndido! —exclamó Brooks. Comenzó a burlarse de sí mismo—. Ahora, lo único que nos faltaría sería que apareciera un diablo y se pusiera a bailar delante de nosotros. Un diablo de rostro rojo y blanco. —Por el amor de Dios... —protestó Shapiro—. Toma tus fotografías y volvamos de una vez a casa. Pero Brooks quería salir del vehículo y bailar. Estaba harto de verse encerrado en la cabina del jeep, harto del constante ruido del motor y el purificador de aire. Era el momento para la danza solista del t\'ai chi, incluso con el traje espacial puesto. Celebraría a Marte como nadie más lo había hecho. Se dominó. Unas horas más de viaje y verían Nix Olympica. El sol ya estaba declinando. Debían cubrir todo el terreno posible antes de que oscureciera. A la caída de la noche, una tormenta eléctrica descendió de las alturas. Detuvieron el jeep tras un peñasco corroído. Se hallaban rodeados de luz parpadeante. Shapiro se pasó una hora comprobando todo el material, removiéndose con inquietud y mascullando para su coleto. —Un solo fallo y estábamos muertos —observó, buscando la mirada de Brooks—. Si algo andará mal, nadie podría llegar a tiempo. Nos hemos embarcado en esta aventura demasiado irreflexivamente. Habríamos debido planearla como una operación militar. —Mañana veremos Nix Olympica. No te preocupes. Además, imagínate... ¿no crees que esto sería una tumba verdaderamente espectacular? A la mañana siguiente, Shapiro se disculpó. No había imaginado que los desolados espacios de Marte fueran a afectarle tan negativamente. Se daba cuenta de que estaba comportándose como un chiquillo. Estaba decidido a controlarse. Estaba deseoso de ver Olympus, y de regreso a la base, tenía la plena certeza de que sus vidas pendían de un hilo. Brooks le dio una palmada afectuosa en el hombro y respondió: —La vida siempre está pendiente de un hilo. No te preocupes. Hacia las diez de la mañana, cuando el sol refulgía sobre el azulado barniz, divisaron una oscura corteza sobre la curva del horizonte. Era el volcán. Los dos lo vitorearon. El volcán siguió creciendo a lo largo del día, alzándose tras las corcovas de la cordillera. Hora a hora, iban percibiendo una imagen cada vez más clara de su tamaño. Era una inmensa tumba de roca ígnea que habría dominado cualquier continente de la Tierra. Se habría extendido desde el Chicago de Shapiro hasta Buffalo, cubriendo todo el lago Ene. Se habría extendido desde Suiza a Londres, cubriendo todo París y la mayor parte de Bélgica. Se habría extendido desde Lhasa, en el Tibet, hasta Calcuta, cubriendo el monte Everest como una simple topinera. Sobre sus hombros, donde el firmamento era índigo, danzaban relámpagos como diablillos, descendiendo sinuosamente hacia sus escarpadas laderas. Su imagen no podía ser imaginada ni descrita. Sólo fotografiada. Brooks sacó sus películas del refrigerador. Además de su «tanque» de fabricación casera, tenía tres cámaras reflex. Comenzó a afanarse con cámaras, filtros y objetivos cuando aún se hallaban a más de seiscientos kilómetros de la gigantesca caldera del Olympus. En la enrarecida atmósfera, el volcán parecía engañosamente próximo. Hablando con excitación mientras trabajaba, Brooks trató de explicarle lo que sentía a Shapiro, que conducía el vehículo con la vista fija en el escabroso terreno. —En el siglo XVIII, los pintores distinguían entre lo bello, lo pintoresco y lo sublime. Habría que inventar otra categoría para la mayor parte del paisaje de Marte, sobre todo para las zonas más monótonas de los alrededores de Arcadia. No encontraríamos gran cosa que encajara en las definiciones de «bello» o «pintoresco», pero aquí tenemos lo sublime y más aún... Este monstruo tiene todos los elementos de atrocidad y grandeza que lo sublime reclama. Me gustaría saber qué hubieran hecho los grandes pintores del pasado con Nix Olympica... El sol trepó hasta el cénit y comenzó a declinar por el firmamento occidental. —Gira directamente hacia el sur, Al. Y acelera un poco, si puedes. Quiero captar el crepúsculo por detrás de Nix. Tiene que ser maravilloso. Shapiro consiguió emitir una carcajada. —Estoy haciendo todo lo que puedo, Ozzy. No quiero destrozar el cacharro. Brooks comenzó a cargar las cámaras con película de grano fino y alta sensibilidad. Viajaban sobre un terreno formado por colada tras colada de lava, una oleada encima de otra, escoria, piedra pómez pulverizada y materias expelidas que habían caído sobre anteriores deyecciones componiendo grotescas formas, como si el casi indestructible material se hubiera empeñado en destruirse a sí mismo, a una profundidad de centenares de brazas. Fueran cuales fuesen las convulsiones que habían tenido lugar a lo largo de eones de tiempo, estos mismos eones se hallaban ya eones en el pasado; desde entonces, solamente el silencio había cubierto las imponentes y desoladas mesetas; un silencio sin movimiento, sin tan siquiera un jirón de humo de una solitaria fumarola. —¡Para aquí! —exclamó de pronto Brooks—. ¿Dónde está el trípode? Oh, Dios mío... Tengo que subir al techo del jeep a hacer unas fotos. Con un gruñido de asentimiento, Shapiro hizo lo que le pedía. Brooks se encajó el casco, se colgó del hombro las cámaras y los teleobjetivos y echó pie a tierra. Permaneció unos segundos inmóvil, contemplando el paulatino ascenso del terreno hacia la distante formación, contemplando el cielo, donde casi transparentes nubes se enroscaban como plumas a unos ocho kilómetros sobre su cabeza. Casi sin pensar, disparó varias fotografías a distintas velocidades de obturación. Al pensar en su modesta vida, sin ningún tipo de rasgo distintivo, se le hizo difícil creer en su suerte. La noche caía sobre Marte, y allí estaba él para fotografiarlo. Aunque la Tierra no tardara en destruirse a sí misma, él estaba allí y podía capturar el instante. Su suerte se vio coronada cuando comenzaba a fotografiar desde el techo del vehículo, utilizando el tanque de 8 X 10 montado sobre el trípode. Fobos, la luna más cercana al planeta, empezó a alzarse por el oeste; su período orbital era menor que el período de rotación de Marte. El satélite destelló sobre los farallones de Nix Olympica. Una nube de hielo ondeaba como un pendón sobre el enorme volcán. El sol poniente emergió bajo una tira de bruma, derramando su luz sobre el horizonte como un huevo roto. La silueta del volcán era negra sobre el fondo del cielo. El obturador del tanque chasqueó, mientras la luz se iba enriqueciendo segundo a segundo. Totalmente absorto, Brooks montó un filtro polarizador sobre el objetivo. Clic. Espléndido. El universo se cerró como una ostra sobre la franja de resplandor. El sol pareció emitir un último fulgor y desapareció, dejando a Nix Olympica para sostener su firmamento. Brooks abrió un poco más el diafragma y siguió disparando. Sabía que nunca volvería a ser testigo de nada semejante. A la noche siguiente estarían de regreso a la base, en una carrera contra el menguante indicador de los depósitos de oxígeno. Y entonces tendría que tratar de recrear el instante en el cuarto oscuro, donde le esperaba un duro trabajo. Por la mañana los dos sargentos despertaron antes del amanecer. —Tengo que captar el primer rayo de luz que toque los muros del cráter —dijo Brooks—. A ver si podemos acercarnos otros setenta u ochenta kilómetros. —¿No crees que deberíamos comer algo antes, Ozzy? —Tenemos el resto de la vida para comer. Conduce tú, sí. Shapiro condujo el jeep mientras Brooks se ocupaba del equipo. Contagiado por el entusiasmo de Brooks, lanzó el vehículo temerariamente hacia adelante. Se echó a reír. —Esto va a ser algo para contárselo a todo el mundo. —Ni lo dudes —asintió Brooks—. Puede que publique un álbum con la mejores fotos. Oye, Al, ahora que estamos aquí, igual podríamos escalar el cráter. —¡Olvídalo! Un desnivel de veinticinco kilómetros, con traje espacial y sin equipo de escalada... Si tú estas loco, yo no. Avanzaban a toda velocidad por la bulbosa ladera. Ante ellos se erguía un gastado muñón de roca. —Para aquí y me subiré ahí encima —dijo Brooks. Cuando llegaron junto a ella, la roca resultó un pequeño cono volcánico de unos cien metros de diámetro y muy poca altura. Sin atender a las protestas de Shapiro, Brooks desprendió del jeep la escala portátil y subió a la cima. El cráter estaba repleto de antiguo magma y cubierto de polvo. Acabó de montar el trípode y la cámaras justo cuando el sol surgía tras un contrafuerte de Tharsis. Clic. Esta vez, la fortaleza del Olympus era brillante sobre un cielo oscuro. Por unos instantes la silueta del Tharsis se recortó en sombra sobre su flanco oriental. Clic. Luego, como un témpano de masa inconcebible, lo vio flotar sobre un mar de sombra. Clic. La sombra se retiró por la planicie, hacia los dos hombres. Se elevaron neblinas. Clic. Durante menos de cinco minutos, la gran masa quedó suavizada por el anhídrido carbónico que se evaporaba. Clic. —¡Magnífico, magnífico! —exclamaba Brooks. Descubrió que Shapiro le había seguido por la escalerilla. Ambos se miraron con expresión extasiada. Se abrazaron y rieron. Se fotografiaron el uno al otro, de pie ante el cono volcánico. Se olvidaron de comer y avanzaron durante toda la mañana, tan deprisa como pudieron, en dirección al volcán. Era un imán bañado de luz. A mediodía se detuvieron y bebieron una sopa de guisantes con jamón. Todavía se encontraban a doscientos cincuenta kilómetros de Olympus. La montaña se extendía grandiosamente ante ellos: sus inmensos flancos, la caldera de la cumbre —no una abertura de salida, como en los familiares estratovolcanes de la Tierra, sino un hundimiento de la cima hacia adentro—, las escarpadas laderas, el entramado de avenidas de lava solidificada, que desde aquella distancia parecían como trenzas de pelo. Desde arriba, como Brooks sabía, Nix Olympica se asemejaba al pezón de una Juno marciana. Mientras engullían la sopa, no apartaron los ojos de esta resplandeciente elevación. A pesar de hallarse aún tan lejana, cubría ciento veinte grados de su campo visual. Shapiro desvió la mirada y comprobó los instrumentos. —Vamos bien, pero ya empezamos a acercarnos al margen de seguridad en combustible y oxígeno. ¿Estás casi a punto de volver a casa, Ozzy? Brooks vaciló y en seguida respondió en tono despreocupado. —Estoy casi a punto. Sólo me queda una cosa por hacer. Tenemos unas cuantas fotos de primera, y cuando revele los negativos hasta es posible que encuentre una o dos obras maestras entre ellos. El único problema es la escala. Como en ninguna de las fotos sale nada que sirva de comparación, es imposible hacerse una idea de la magnitud de Nix. Se miraron a los ojos. Shapiro preguntó: —¿Quieres que te deje aquí y acerque el jeep un poco más, para tenerlo en primer plano? —No quiero el jeep. Además, necesitaré capacidad de movimiento. Te quiero a ti, Al; la figura humana. Quiero tenerte delante de ese paisaje. Entonces yo iré de un lado a otro tomando fotos. Shapiro se puso rígido. —Eso no voy a hacerlo, Ozzy. —¿Por qué no? —No voy a hacerlo. —Dime por qué. —Porque no. —Escucha, Al, en ningún momento dejaremos de vernos. Estaremos en contacto por radio. Podrás ver el jeep todo el tiempo. Lo único que has de hacer es quedarte quieto donde te deje. Tardaré una hora, no más. —He dicho que no. No pienso quedarme yo solo en mitad de este paisaje. Rotundamente, no. ¿Está claro? Se contemplaron ceñudamente. —Sal tú. Ya tomaré yo las malditas fotos. —A mí no me gusta salir. Vamos, Al, hemos hecho todo el camino hasta aquí. No hay nada de qué asustarse, por el amor de Dios. Una hora, es lo único que te pido. Shapiro bajó la vista y apretó los puños. —No puedes obligarme a salir. —No te obligo. ¿Cuál es el problema? Lo haces, y ya está. —¿Y si pasa algo? —Aquí hace siglos que no pasa nada. Nada en absoluto. Shapiro emitió un suspiro. Su rostro reflejaba la lucha que liberaba en su interior. Su tez brillaba bajo la uniforme luminosidad. —Está bien. Supongo que podemos hacerlo. —Muy bien. —Brooks vaciló un instante y añadió—: Te lo agradezco, Al. Los médicos aún no han inventado un nombre para el temor a los grandes espacios abiertos en un planeta extraño, pero ya lo harán. Sé que hace falta coraje para dominarlo. —Lo dominaré. Pero no me hables más de ello —contestó Al, castañeteando los dientes, mientras Brooks le ayudaba a colocarse el casco de su traje. —A veces va bien hablar. Recuerda, los espíritus y diablos que rondan por las amplias planicies de Marte son los mismos que los de la Tierra. No hay ninguna diferencia, en realidad, pues todas las apariciones están en la mente. Si importamos nuestros demonios, entonces también podemos vencerlos, pues han de obedecer a nuestras leyes. —Trataré de tenerlo en cuenta —dijo Shapiro, apretando las mandíbulas para que dejaran de repicarle los dientes—. Y ahora, déjame salir de una vez antes de que cambie de idea. Mientras Brooks se desplazaba de un lado a otro por ese sector de la cordillera, tomando sus históricas fotografías de Nix Olympica, era plenamente consciente de lo que debía estar pasando la lejana figura blanca, sola en aquel grotesco paisaje. Trabajó sin apresurarse, pero tan deprisa como pudo, concentrándose ahora en los objetivos de tipo angular. El resultado final de su empresa fue una serie de fotografías que se convirtieron en documentos históricos de la expansión de la humanidad por el sistema solar. Están consideradas como obras de arte. En cuanto a Brooks, a pesar de un período de celebridad, finalmente murió en la miseria. El general Shapiro terminó como Comandante en Jefe de la base de Marte; sus memorias, en cuatro volúmenes, incluyen un relato de su primera expedición a Olympus..., relato que difiere considerablemente de los hechos tal como aquí se exponen. (1986) [/font:322775abc4][/size:322775abc4] [/color:322775abc4]


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